Yo creía que tenía que entrar por la puerta de atrás.
Aquel día volvía del infierno y me paré ante el buzón con la sensación de que había recibido algo. Tenía que ir a buscar el sobre de Enrique a correos, pero para eso tenía que ir a sacar dinero y volver a dar un paso atrás me daba miedo.
Mi abuelo el desdentado me dijo que fuera, así que lo hice. Pero esta vez no fui a buscar mi dinero, sino el de mi padre, que quedaba de camino.
Cuando llegué, no me pude creer que tuviera que entrar a semejante edificio. Me parecía un colosal mausoleo. Allí no podía estar mi tesoro.
Lo rodeé y entré en la mala puerta de un edificio ruinoso y con rejas, después de mirar a una sombra tras el cristal que no me quitaba ojo.
Un operario, vestido de ángel caído del cielo, me dijo con su mejor sonrisa, amabilidad y amor que las cartas se recogían en el edificio central que tenía enfrente. Como leyéndome la desazón, me indicó:
– Te colocas delante, y entras.
“Te colocas delante, y entras. Te colocas delante y entras. Te – co – lo – cas – de – lan – te – y – en – tras”. Era lo único que animaba el ritmo de mis pasos.
Estaba apunto de llorar. De miedo y de emoción. Tenía permiso. Tenía permiso para entrar por la puerta principal.
No quise entrar por la derecha ni por la izquierda. Quise entrar por el centro. Por allí no entraba nadie. ¿Estaría cerrado? ¿Y si hacía el primer ridículo al querer entrar y eso lo estropeaba todo?
Pero no quise hacerlo peor, mi abuelo me dijo:
– Entra por el centro, tú que puedes. Tú puedes hija.
Así que miré a los dos extraños que discutían enfrente de las escaleras, ajenos a que iban a presenciar un milagro, y bendije su presencia. El nudo en la garganta no atenazaba mis piernas, que estaban acostumbradas a subir cinco pisos para descansar. Lo que no sabía era si el torno giraría.
El torno giró. El torno giró con la suavidad celestial de algo que estaba engrasado y preparado. Y yo me encontré dentro de una estancia… ajena y que me dejaba perdida.
La guarda de seguridad ignoró que se daba cuenta de mi desazón, y en el mostrador de información no había nadie. Un cartel indescriptible indicaba adónde tenía que ir, y yo no lo entendía. Hice ademán de dirigirme a la guarda, pero mi cuerpo no me siguió, y mi cara de desconcierto no parecía alertar a nadie lo suficiente como para ayudarme.
Por fin, me acerqué unos pasos a la guarda, y me dijo:
– Ventanilla 18.
Con la mayor acritud que supo. Solo que iba a buscar mi tesoro hacía que todos los inconvenientes fuesen nimiedades. Estaba dentro, y había entrado por la puerta principal, y la central. El torno había girado. El ángel vestido de operario rubio me había dicho que podía entrar por allí. Y así fue.
Ventanilla 18. Un chico más nervioso que yo estaba delante. Le atendió la señora y me indicó que podía ir a la ventanilla de al lado. Yo no me quería desviar de mi objetivo.
Otro ángel vestido de señor con chaqueta marrón de pana gorda y de sonrisa grasienta y agradable me secundó cuando ví que en la ventanilla de al lado no había nadie:
– Ella no lo ve.
Y otra adorable sonrisa grasienta.
Así que esperé mi turno en la ventanilla 18. Si hubiera tenido que esperar de pie dos días, lo hubiera hecho. Mi voluntad después de entrar por la puerta principal era inquebrantable.
Me acerqué con la mayor humildad y entereza que supe y le dije:
– Vengo a pagar esto.
– A recoger dinero.- Me dijo ella.
No me hizo vacilar:
– No, vengo a pagar esto.
Lo miró mejor y vió de qué se trataba:
– Botón C. Ventanillas 3 y 4. Cuando vienen a recoger dinero se apunta en la misma casilla.
– Muchas gracias.
Nuevo rumbo. Nuevo paso. Al otro lado. Cruzaba esa estancia como si estuviese en la mansión más ajena del mundo. Pero había algo allí para mí.
Saqué mi número y me senté a esperar a que un viejecito regordete acabase su turno. Una niña se revolvía satisfecha sobre los hombros y tras la cabeza de su padre, enfundada en una sillita que la hacía sentir la reina del universo. Me deleité en esa adorable escena.
El señor de la chaqueta grasienta y la sonrisa de pana, mi adorable compañero, apareció y se puso nervioso a trastear en las ventanillas contiguas con algunos folletos. A mi ya no me importaba nada más que que estaba enfrente de mi paquete.
Solo una funcionaria omnipotente y casposa me separaba de él. Pero yo la amaba igual.
Saqué el billete de veinte del monedero de Perú y se lo ofrecí junto a mi frase:
– Vengo a recoger esto.
Un hilo de voz. Desee que me hubiera entendido. Parecía que venía desde muy lejos a recoger aquello. Que había andado una eternidad. Y que había llegado dispuesta a no luchar con nadie y a no dejarme vencer.
Que firme. Me dice que firme. Y yo por primera vez pongo bien grande Santa. De Santamaría. Y me parece el mejor regalo que esa funcionaria me puede hacer. Que firme. Que firme hoy que soy otra persona. Que he recuperado una parte imprescindible de mi vida y de mi historia. Que voy a empezar a andar con el tesoro de mi voz. De mi voz de mujer. De mi voz de mujer feliz y encantada.
Y con el vuelto y mi paquete me fui volando de esa estancia. No sin desearle muy buen día y darle las “muchas gracias” con una sonrisa tan amplia que se quedó atónita.
Salí volando por el torno de la derecha y apreté mi paquete contra el pecho, con los dos brazos, abrazándolo y no teniendo intención de soltarlo así me cayera, me robaran, me atracaran, me amenazaran, me pararan o me hablaran. Iría hasta casa con la mayor calma, solemnidad, integridad y seguridad del mundo. Me encontré con dos hombres espectaculares, uno de ellos podría ser un peruano o el melenas largo de alguna tribu.
Tras el semáforo, aceleré el paso, no porque me quisiera separar de él, sino porque mi pies corrían hacia casa como impulsados por la música que iba a escuchar.
Subí los cinco pisos en un santiamén y amé a mi gato como nunca lo había hecho. Le pedí perdón por dejarlo solo y él pareció perdonarme. Me iba a quedar. Esta vez, me iba a quedar con él, y lo iba a cuidar. Y lo amaba con todo.
Febrero 2011