Diario de una viajera (Prólogo)

Estándar
http://4.bp.blogspot.com/-asEUF-3dljo/TxiZTJR_bcI/AAAAAAAAAU0/uNGszqGOki4/s1600/DSC02308.JPG

 

Estaban suspendidos en el aire, o en el éter. Cada uno sonaba distinto.
Sonaron para entonar el canto de despedida de A… No sabían más.
Se había producido. Todos estaban preparados y todos listos, sólo unos cuantos se activaron con aquel cataclismo generador de vida, pero no todos salieron disparados desde su centro hacia la tierra.
Y entonces ocurrió. La vida llegó a la vida y se multiplicó.

Así pasaron muchos años, sin saber porqué la vida había llegado a la vida… En estado de shock, sin tomar la vida por no comprender la razón de poseerla, parada de sorpresa, la vida en pausa.

Y al soltar el freno, pasó la vida entera de golpe, la vida no vivida, y sucedió el shock de la vida en estado máximo.

Y ahora, llegando a la vida en el momento presente, de repente A se ve… se escucha… y parece que se acaba de dar cuenta de que un día, dejó de ser sonido suspendido para pasar a ser algo más, el aliento de dos mitades que se unieron para conformarla…

http://artemisabcnmultiespai.blogspot.com/p/libro-de-visita.html

Anuncios
Minientrada

Yo creía que tenía que entrar por la puerta de atrás.

 

Aquel día volvía del infierno y me paré ante el buzón con la sensación de que había recibido algo. Tenía que ir a buscar el sobre de Enrique a correos, pero para eso tenía que ir a sacar dinero y volver a dar un paso atrás me daba miedo.

 

Mi abuelo el desdentado me dijo que fuera, así que lo hice. Pero esta vez no fui a buscar mi dinero, sino el de mi padre, que quedaba de camino.

 

Cuando llegué, no me pude creer que tuviera que entrar a semejante edificio. Me parecía un colosal mausoleo. Allí no podía estar mi tesoro.

 

Lo rodeé y entré en la mala puerta de un edificio ruinoso y con rejas, después de mirar a una sombra tras el cristal que no me quitaba ojo.

 

Un operario, vestido de ángel caído del cielo, me dijo con su mejor sonrisa, amabilidad y amor que las cartas se recogían en el edificio central que tenía enfrente. Como leyéndome la desazón, me indicó:

 

–      Te colocas delante, y entras.

 

“Te colocas delante, y entras. Te colocas delante y entras. Te – co – lo – cas – de – lan – te – y – en – tras”. Era lo único que animaba el ritmo de mis pasos.

 

Estaba apunto de llorar. De miedo y de emoción. Tenía permiso. Tenía permiso para entrar por la puerta principal.

 

No quise entrar por la derecha ni por la izquierda. Quise entrar por el centro. Por allí no entraba nadie. ¿Estaría cerrado? ¿Y si hacía el primer ridículo al querer entrar y eso lo estropeaba todo?

 

Pero no quise hacerlo peor, mi abuelo me dijo:

 

–      Entra por el centro, tú que puedes. Tú puedes hija.

 

Así que miré a los dos extraños que discutían enfrente de las escaleras, ajenos a que iban a presenciar un milagro, y bendije su presencia. El nudo en la garganta no atenazaba mis piernas, que estaban acostumbradas a subir cinco pisos para descansar. Lo que no sabía era si el torno giraría.

 

El torno giró. El torno giró con la suavidad celestial de algo que estaba engrasado y preparado. Y yo me encontré dentro de una estancia… ajena y que me dejaba perdida.

 

La guarda de seguridad ignoró que se daba cuenta de mi desazón, y en el mostrador de información no había nadie. Un cartel indescriptible indicaba adónde tenía que ir, y yo no lo entendía. Hice ademán de dirigirme a la guarda, pero mi cuerpo no me siguió, y mi cara de desconcierto no parecía alertar a nadie lo suficiente como para ayudarme.

 

Por fin, me acerqué unos pasos a la guarda, y me dijo:

 

–      Ventanilla 18.

 

Con la mayor acritud que supo. Solo que iba a buscar mi tesoro hacía que todos los inconvenientes fuesen nimiedades. Estaba dentro, y había entrado por la puerta principal, y la central. El torno había girado. El ángel vestido de operario rubio me había dicho que podía entrar por allí. Y así fue.

 

Ventanilla 18. Un chico más nervioso que yo estaba delante. Le atendió la señora y me indicó que podía ir a la ventanilla de al lado. Yo no me quería desviar de mi objetivo.

 

Otro ángel vestido de señor con chaqueta marrón de pana gorda y de sonrisa grasienta y agradable me secundó cuando ví que en la ventanilla de al lado no había nadie:

 

–      Ella no lo ve.

 

Y otra adorable sonrisa grasienta.

 

Así que esperé mi turno en la ventanilla 18. Si hubiera tenido que esperar de pie dos días, lo hubiera hecho. Mi voluntad después de entrar por la puerta principal era inquebrantable.

 

Me acerqué con la mayor humildad y entereza que supe y le dije:

 

–      Vengo a pagar esto.

 

–      A recoger dinero.- Me dijo ella.

 

No me hizo vacilar:

 

–      No, vengo a pagar esto.

 

Lo miró mejor y vió de qué se trataba:

 

–      Botón C. Ventanillas 3 y 4. Cuando vienen a recoger dinero se apunta en la misma casilla.

 

–      Muchas gracias.

 

Nuevo rumbo. Nuevo paso. Al otro lado. Cruzaba esa estancia como si estuviese en la mansión más ajena del mundo. Pero había algo allí para mí.

 

Saqué mi número y me senté a esperar a que un viejecito regordete acabase su turno. Una niña se revolvía satisfecha sobre los hombros y tras la cabeza de su padre, enfundada en una sillita que la hacía sentir la reina del universo. Me deleité en esa adorable escena.

 

El señor de la chaqueta grasienta y la sonrisa de pana, mi adorable compañero, apareció y se puso nervioso a trastear en las ventanillas contiguas con algunos folletos. A mi ya no me importaba nada más que que estaba enfrente de mi paquete.

 

Solo una funcionaria omnipotente y casposa me separaba de él. Pero yo la amaba igual.

 

Saqué el billete de veinte del monedero de Perú y se lo ofrecí junto a mi frase:

 

–      Vengo a recoger esto.

 

Un hilo de voz. Desee que me hubiera entendido. Parecía que venía desde muy lejos a recoger aquello. Que había andado una eternidad. Y que había llegado dispuesta a no luchar con nadie y a no dejarme vencer.

 

Que firme. Me dice que firme. Y yo por primera vez pongo bien grande Santa. De Santamaría. Y me parece el mejor regalo que esa funcionaria me puede hacer. Que firme. Que firme hoy que soy otra persona. Que he recuperado una parte imprescindible de mi vida y de mi historia. Que voy a empezar a andar con el tesoro de mi voz. De mi voz de mujer. De mi voz de mujer feliz y encantada.

 

Y con el vuelto y mi paquete me fui volando de esa estancia. No sin desearle muy buen día y darle las “muchas gracias” con una sonrisa tan amplia que se quedó atónita.

 

Salí volando por el torno de la derecha y apreté mi paquete contra el pecho, con los dos brazos, abrazándolo y no teniendo intención de soltarlo así me cayera, me robaran, me atracaran, me amenazaran, me pararan o me hablaran. Iría hasta casa con la mayor calma, solemnidad, integridad y seguridad del mundo. Me encontré con dos hombres espectaculares, uno de ellos podría ser un peruano o el melenas largo de alguna tribu.

 

Tras el semáforo, aceleré el paso, no porque me quisiera separar de él, sino porque mi pies corrían hacia casa como impulsados por la música que iba a escuchar.

 

Subí los cinco pisos en un santiamén y amé a mi gato como nunca lo había hecho. Le pedí perdón por dejarlo solo y él pareció perdonarme. Me iba a quedar. Esta vez, me iba a quedar con él, y lo iba a cuidar. Y lo amaba con todo.

 

Febrero 2011

La puerta de atrás

¿Quién pone los semáforos?

Estándar

Yo siempre pregunté

quién ponía los semáforos,

como si yo no tuviera ojos

para saber

cuando me tengo que parar.


Yo siempre pregunté

y me taparon la boca por preguntar

los que ahora me la destapan

para preguntarme “porqué”.

 

Yo siempre pregunté

y no les guardo rencor

por la ignorancia y el miedo

de no saber,

de no querer saber.

Y siempre amaré

a los que me destapan la boca,

y espero que siempre haya

alguien que me ame por preguntar,

por preguntar “porqué”.

Y “para qué”.

 

Septiembre 2011 – Yendo en bici por Barcelona.

Después de un combate de poesía incendiaria en la Plaza Cataluña.

El cantor alegre

Estándar

No habló y se quedó muda.

Se quedó muda porque

Le habían robado el alma y el grito.

 

Y se quedó muda con su fiebre.

 

Febril salió al mar,

sin miedo a empeorar.

 

Y allí se encontró la risa,

un bello cantor

que lo daba todo en cada bocanada.

 

Y ella guardándose sus palabras

para que sólo

la punzaran a ella.

 

Y así continuó muchas noches,

recibiendo el amor del cantor

y dejando de punzarse,

hasta que un día,

después de muchos días,

vió más vivos los rosas

y los rojos de las flores.

 

Bajó la guardia que contenía las palabras,

los gritos, los llantos,

las penas, los tiempos,

y los soltó

y se los entregó a sus dueños.

 

No quiso retener más

a sus dueños por deberles palabras.

 

Dio las palabras

y los dejó libres.

 

Julio 2011

Me chiva

Estándar

Saboreándote distinta

Veo los trazos más bellos de ti

Ahí donde no terminan

 

Tus rizadas avenidas

me anuncian un beso

lleno de superlativos

y me dan de querer.

 

La risa de mi vientre desvelado

me abraza la vida

me aziza el fuego

de que viene algo mejor.

 

Bella y sinuosa

me vuelvo canción con cada cosa

y danzo con mi vientre zigzagueando

alrededor de tu ombligo.

 

Y ya no me obligo

solo fluyo y danzo

y sé que ando

más fuerte y más alto.

 

Mi diosa me chiva

Lo que es íntimo

            y queda para mí.

 

Junio 2011

La mentira

Estándar

Me entristece la mentira,

me entristece que

            te escondas.

Me entristecen las

            máscaras de todos,

la palabras sobrantes.

 

Necesito del silencio veraz

del de todas las voces

            falsas calladas,

para escuchar al mundo

            y a la vida

que nos clama encerrada.

 

El ruido de las voces

            infantiles que acusan

no te deja oír

            tu propia barriga

gritando que quieres vivir

que quieres ser grande.

 

Si apenas relajo mis hombros

que contienen el caudal

puedo llorar todas

            mis vidas no vividas.

 

Puedo cantar el dolor

            de la nimiedad

puedo gritar el miedo

            de la vergüenza

puedo descansar

sobre las lápidas de lo correcto

y atravesarles el pecho

            con mi denuncia.

 

Puedo decirte

que el nuevo mundo que viene

te necesita entero

y que espera

que te atrevas

a mirarle a la cara.

 

Junio 2011

La persistencia gatuna

Estándar

Eres muy gracioso

cuando persigues mi sombra

o te inventas

algo para perseguir.

 

Majestuoso

cuando te apoltronas

contra mi sofá

como un rey.

 

Mi mañana es mejor

si tu vienes a morderme los pies.

Y no dejo de asombrarme

de tu capacidad de mirarlo todo.

 

Uno puede hundirse

en tus ojos de gato

y ver toda la vida

salvaje a través.

 

Míster M.

Pareces un rayado animal

metido en el cuerpo de un niño.

 

Adoro cuando

te quedas dormido de pie

y no pierdes la compostura

aunque se te cae la cabeza

y te flojea el cuerpo.

 

Y cómo a veces me parece

que me miras y me entiendes

que sabes

que me estoy riendo de tí

o que estoy desolada,

pero tú sigues,

sabio e indiferente

a la vida pasada.

 

Hasta que no conocí

la persistencia gatuna

no empecé yo

a desarrollar una.

No te enfadas

y no dejas de intentarlo.

Eres inquebrantable

y cuidadoso.

Eres endiablado

y hermoso.

 

Me haces sonreír

todos los días

y esa es

la única garantía.

 

5 Abril 2011 – A Smile o Míster M.